Michael Connelly no deja de sorprenderme. Aprovechando el viaje a París que hice en noviembre (siempre aprovecho los viajes para comprar libros en inglés en los aeropuertos) y el viaje a Benalmádena en el puente de diciembre (ni que decir tiene que había más libros en inglés que en español) me he comprado tres libros: The Andromeda Strain, de Michael Crichton (me recomendaron ese junto con El hombre terminal, que ya revisé aquí); The Black Angel, de John Connolly, recomendado por mi amigo Tao, (por cierto, curiosa coincidencia de nombres); y, por último, The Closers.
Por ahora sólo he podido leerme este último. Y como todos los de Connelly, me está sorprendiendo gratamente. Como siempre sin destriparlo, diré que a partir de un indicio nuevo sobre un caso antíguo (al que es asignado Harry Bosh después de tomarse tres años de descanso del cuerpo para hacer de investigador privado), Connelly construye toda una trama que no sólo incluye la investigación del caso, sino también investigaciones que tienen que ver con los policías que estaban al mando en el momento de los hechos, 17 años atrás.
Es emocionante ver cómo Connelly, como siempre a través de unos diálogos tan inteligentes que a uno le cuesta trabajo pensar que no son reales, lleva al detective a investigar cosas que se han ido degradando con el paso de los años. Nada es como era, y lo que antes era sencillo, ahora se convierte en un acertijo a cada paso. «Closers» se refiere a la relación de Bosch con su compañera Kiz Rider. Los diálogos entre ellos son geniales, y dotan de una inteligencia magnífica a ambos personajes. Las preguntas y conjeturas entre ellos, basadas en detalles que pasarían inadvertidos a cualquier persona «normal» (y que incluso escaparon a los detectives que investigaron el caso en un primer momento) hacen pasar al lector un muy buen rato. Totalmente recomendado.