Patricio Hernández Pérez
El pesimismo tiene mala prensa. Es el optimismo el que vende, y como el juego consiste en vender mercancías, el optimismo es casi obligatorio. No podemos aceptar, sin embargo, tener que elegir entre un estúpido optimismo desinformado o un fatalismo paralizante. Pero, ¿cabe pensar en un pesimismo que estimule la acción?
Vivimos tiempos oscuros. Quizás nadie como Walter Benjamin, que vivió con trágica lucidez otros tiempos oscuros, nos pueda servir para pensar este momento. Fue este pensador decisivo, que cuestionó el concepto de 'progreso' y reivindicó la memoria de los perdedores (la tradición de los oprimidos), el que formuló la expresión "organizar el pesimismo".
Benjamin opone la mirada del ángel y la del progreso. Para aquél la historia es una cadena de cadáveres y ruina. Para éste una marcha triunfal que tiene un costo humano y social que hay que aceptar porque -se nos asegura- acabará beneficiando a todos. Ferlosio lo ha llamado "la mentalidad expiatoria", el sacrificio que se nos dice que hay que entregar a la 'Causa del Progreso'. Con ese soberbio e inimitable estilo dirá que "los hombres están siempre dispuestos a creer a muchos que les dicen 'vuestro dolor será fecundo', cuando, por el contrario, deberían confiar en quien les dice 'vuestro dolor es absolutamente inútil, gratuito, irreparable'. ¿Acaso pide la felicidad tener sentido? Niégate, pues, a dárselo al dolor".
A Benjamin debemos también una original concepción de la revolución que necesitamos rescatar para este momento. La revolución sería una interrupción en un proceso catastrófico en que estamos ya inmersos. "Marx dijo que las revoluciones son la locomotora de la historia mundial. Pero tal vez las cosas se presentan de muy distinta manera. Puede ser que las revoluciones sean el acto por el cual la humanidad que viaja en tren aplica los frenos de emergencia".
Sabemos que la crisis que estamos viviendo es mucho más que una crisis pasajera del sistema, de la que saldremos pronto. Sabemos además que no hay retorno a un pasado que no volverá. El verdadero problema no es el déficit o la deuda. El problema es que el sistema, además de estructuralmente injusto, es inviable, insostenible. Es sencillamente absurdo creer en un progreso material continuado a través del aumento incesante del consumo en un mundo de recursos finitos.
Y esto, tan inquietante y tan perturbador como obvio, es de lo que no se quiere hablar. No cabe la pregunta por el futuro. Vivimos en la hipertrofia del presente, amplificada hasta la saturación por los medios de comunicación, una verdadera 'ideología del presente' que nos impide imaginar el futuro (Marc Augé).
A este fracaso de la imaginación política apunta el poeta Jorge Riechmann: "Vivimos en una sociedad / donde resulta más fácil imaginar el fin del mundo / que el final del capitalismo / Y sin embargo / el capitalismo no tiene siglos por delante de sí: / solamente decenios. / Hay que pedir a nuestros contemporáneos / un vigoroso esfuerzo de imaginación".
Sabemos que nuestro modo de vida no es generalizable. Si para los antiguos, como señaló Hans Jonas, la naturaleza humana era limitada y el mundo infinito, hoy la potencia humana es casi ilimitada frente a una naturaleza débil y amenazada. Tenemos que cambiar radicalmente el paradigma de civilización por una cuestión de responsabilidad con las generaciones siguientes, para asegurar la permanencia de la vida humana sobre el planeta.
Somos la única especie que ha intentado mejorar sus oportunidades de supervivencia a través de la transmisión de la cultura, una capacidad única en la evolución. Pero hay sobradas razones para dudar de nuestro éxito. Como dice el sociólogo Harald Walser, este experimento lleva apenas 40.000 años, su variante occidental 250, y en ese ínfimo lapso se destruyeron más las bases para la supervivencia que en los últimos 39.750 años anteriores. El futuro está, pues, seriamente amenazado para los humanos.
Si alguna certeza tenemos sobre ese futuro es que va a estar lleno de violencia. Conforme empeoran las condiciones de vida del presente disminuye nuestra capacidad de anticipar las oportunidades y amenazas futuras. Finalmente "las comunidades humanas de supervivencia también son siempre comunidades de exterminio" (Norbert Elias).
Es difícil pensar en esto cuando los efectos de desposesión de la crisis están tan encima que sólo admitimos argumentos que no den una salida inmediata, un alivio de las formas agudas de necesidad. Pero hay una coincidencia muy amplia entre los científicos en asegurar que los próximos veinte años serán decisivos, y que verán surgir un mundo muy diferente. El tiempo no es mucho pero sí las resistencias. No podemos seguir como hasta ahora, pero las dificultades para producir un cambio parecen insalvables y sus posibilidades mínimas. Basta mirar el ciego comportamiento de las élites de poder en la crisis actual. Los únicos cambios -impuestos- son para desequilibrar cada vez más una sociedad ya muy polarizada. Es esta entropía social la que hay que detener.
El que no haya razón para el optimismo no es una razón "para callar lo que debe ser dicho y puede ser hecho" (Reyes Mate).
Sabemos que el futuro será necesariamente más ético, más sostenible y más justo en el reparto de los recursos (ahora ya a escala planetaria) o simplemente no será. En esta encrucijada es el pesimismo de la inteligencia el que nos obliga a organizarnos para la acción, sabiendo que no podemos repetir la forma de pensar y actuar que nos ha traído hasta aquí.
Hay que abrir un nuevo espacio mental, y plantear democráticamente cómo queremos vivir en el futuro. Organizar el pesimismo es ahora y aquí organizar la indignación y la desesperación, articularlas social y políticamente para producir los cambios radicales -es decir, desde la raíz- que necesitamos.
(Arículo publicado en diario La Opinión de Murcia el 18/5/2013: http://www.laopiniondemurcia.es/opinion/2013/05/18/organizar-pesimismo/470161.html)






































































































































